Mirémonos antes en el espejo de nuestra acomodada realidad

Mirémonos antes en el espejo de nuestra acomodada realidad

Leopoldo Bernabeu.- Me pasa siempre unos segundos antes de anunciarle a mi pareja la cifra de muertos que ha habido por Coronavirus en las últimas 24 horas. Un escalofrío me recorre la piel impidiéndome alzar la voz con la misma naturalidad con la que comentaría cualquier otro dato, el que fuera.

Es una extraña sensación que se queda a mitad de camino entre el miedo y la vergüenza. Miedo, porque ves con la facilidad que hemos interiorizado el brutal datos de fallecidos que cada día se nos van para siempre, y vergüenza porque me da esa sensación de como si estuviéramos deseando que la cifra bajase para alegrarnos, habiendo con ello perdido el más elemental de los sentidos, el común. Se me vienen a la mente inevitables comparaciones y pienso en las miles de páginas e infinitas horas de televisión que vivimos cuando sufrimos los atentados del 11M con casi 200 decesos. Con esta pandemia en la que hemos superado ya los 16.000, y no hay día desde hace un mes que no pasemos de largo los más de 500 seres humanos que nunca más volverán, la maldita e interesada forma de gestionar la catástrofe nos ha hipnotizado de tal manera que nos hemos vuelto inmunes a las cifras de finados. Se han convertido en números, cifras que solo nos devuelven a la más cruda realidad cuando el que se nos va es un conocido.

En el polo opuesto de toda hecatombe se suele encontrar también lo mejor del ser humano. Es manido el dicho que en situaciones extremas es cuando se conoce de verdad lo mejor y lo peor de cada especie. España y los españoles están dando una soberana muestra de patriotismo y entrega. Obvia recordar a las miles de personas que se están dejando la piel realizando un esfuerzo extraordinario para combatir, en primera línea y no desde el aburrido pero cómodo sofá de casa, esta plaga que se esfuerza en borrar del disco duro lo que hasta hoy ha sido nuestra vida cotidiana. Mi reconocimiento, que no sorpresa, para todos ellos. Son decenas de miles los españoles que siempre han estado ahí y han demostrado, en el más sombrío de los anonimatos, que su labor es la que de verdad construye un país.

Esta prolija introducción es la que ha motivado mi reflexión de hoy, tampoco demasiado nueva pero sí reforzada por el devenir de estos extraordinarios acontecimientos. Se demuestra una vez más que tenemos una clase política que, en líneas generales (autorizo a que cada uno piense quien es el peor) está a años luz de la propia sociedad civil a la que cree gobernar. En su conjunto y con honrosas pero pocas excepciones, son una casta que no nos hace ninguna falta para que seamos mejores como nación. Están porque tienen que estar, no en vano la democracia es el menos malo de los sistemas políticos conocidos, pero nada más. Sus principales méritos se reducen a colgarse medallas con fotografía incluida cuando vienen bien dadas, pero que siempre terminan descargando las responsabilidades entre aquellos que son, de manera incomprensible, sus subordinados, los técnicos, los profesionales que de verdad están formados para dirigir las riendas en situaciones complicadas y, como es el caso, críticas.

La culpa no es de ellos. Se presentan y los elegimos, nos suelen mentir como bellacos en las campañas electorales, nos damos cuenta de ello pero aun así se vuelven a presentar y los volvemos a elegir. Hasta aquí, nada nuevo. Mi sempiterna pregunta nunca resuelta es ¿que tendremos los ciudadanos en el subconsciente para actuar de esta manera?. Si una empresa privada cae en picado, el consejo de administración destituye de inmediato a su director. Si un equipo de fútbol encadena resultados negativos, fusilan al entrenador. En cambio no actuamos así cuando de cuidar la cosa pública se trata. Ni trabajadores ni empresarios. Todos tenemos nuestra ración de culpabilidad.

¿Cómo es posible que habiendo gestionado la catástrofe del Coronavirus de la peor manera posible, todavía existan encuestas que indican que el actual presidente del Gobierno volvería a salir reelegido?. ¿Estoy diciendo con esto que cualquier otro político de la oposición lo habría hecho mejor?. No, ya lo adelanto yo. Estoy diciendo que los votantes elegimos a nuestros gobernantes para hacer las cosas bien, de la misma manera que queremos que el gerente de nuestra empresa nos abone la nómina a final de mes. No hablo de partidos políticos, ni siquiera de ideologías, hablo de personas y de gestión. Sé que hay países donde están muriendo muchos infectados por Coronavirus, pero el mal de muchos es sólo el consuelo de tontos. Es como el alumno que habiendo suspendido un examen le dice a su madre que como él han habido otros, a lo que le contesta que porque no se fija en los que han aprobado.

Nunca he entendido esa doble forma de ver un mismo dilema que tenemos como sociedad. España ha demostrado de nuevo ser un país lleno de humanidad a raudales y de empresarios dispuestos a ofrecer lo mejor de sí mismos, dando cuanto pueden en momentos de extrema dificultad, pero que después acuden también como marionetas a unas urnas en las que introducen la papeleta que de nuevo les llevará a la ruina. Una clase empresarial que ahora ve como su trayectoria vital se desmorona y con ella la de sus millones de trabajadores, pero que es incapaz de unirse en un ambicioso proyecto que termine liderando este país con la misma clase, categoría y capacidad como la que han trabajado para situar sus empresas como las más punteras de España y parte del mundo.

Lo he escrito miles de veces, obviamente sin éxito alguno. No se le puede pedir peras al olmo. Si los mejores, los más formados, los más capaces, no quieren liderarnos, de manera automática están invitando a que lo hagan los más mediocres, aquellos que sin oficio ni beneficio y sin nada que perder, están encantados de coger ese testigo que les dará el poder de llevarnos a todos a la ruina, viviendo ellos en la panacea. No culpemos a nuestra clase política, mirémonos antes en el espejo de nuestra acomodada realidad.