La Picardía

img-20191031-wa00067771656677026132084.jpg

Belén Richarte.- Tenemos la gran suerte del vivir en el Mediterráno o rodeados por el Mare Nostrum o ¡como queráis llamarlo! que de vez en cuando nos asusta con un golpe de mar. Pero a pesar de ello y de no ser un gran puerto pesquero Benidorm fue un pueblo pesquero al que le dio renombre internacional los grandes marinos, ingenieros y técnicos de buques a las distintas Almadrabas y Compañías navieras… que exportó a toda España. Condestable Zaragoza, el Almirante Guillén Tato o el Capitán Maximiliano Llorca… Son ejemplo de ello.

Pero, ¿y los que se quedaban en el camino, los que no volvían, los que encontraban el cuerpo y lo traían en un ataúd de pino o los que no aparecían jamás, o sí. “Había de todo”. Era lo peor que le podía pasar a una mujer y con hijos, a una familia. “Estos hechos de muestran una vez más la capacidad de abnegación de las mujeres de Benidorm, que ellas, ellas solas fueron capaces de cuidar de sus hijos y darles el mayor porvenir posible confiando únicamente en su capacidad de trabajo, abnegación y de entrega” asegura Josefina Orts i Bosch en su libro Benidorm, el tiempo que se fue, I Edición 2017. En concreto en este pasaje está la fuente en la que me inspirado para llevar a cabo un reportaje narrado por “Pepita” en 2016.

Resultado de imagen de fotos antiguas del puerto de benidorm

Seguimos con Pepita Orts i Bosch, porque ella en esos momentos era una joven benidormense de pro, a la que no se le saltaba ni una, parte viva de la historia de este pueblo en que al final todo parece estar conectado. “Los benidormenses tenemos una deuda de gratitud con estos hombres. Nos aportaron cultura, nos transmitieron sus experiencias de haber vivido en países extraños -aseguraba-, con los ojos llenos de color del color de otros mares. Ellos nos enseñaron a ser como somos: abiertos y comprensivos con todos los que con el tiempo han ido y llegado a nuestra ciudad”.

Benidorm fue cuna de hombres de mar “en casi todas las familias teníamos marinos, marineros, técnicos en almadrabas; hombres valientes que ejercían su profesión lejos de sus hogares. La mujer se quedaba en casa, esperando su regreso o esperando sus cartas. En muchos casos el marido no regresaba, víctima de un naufragio o de una enfermedad tropical. Muchos de estos navegantes desaparecieron en el mar junto a sus barcos. Sus familias quedaron desamparadas.

Resultado de imagen de fotos antiguas de benidorm

“En los pueblos de la costa, por la profesión de los hombres, había más viudas que en los de interior. Mujeres que -aunque estaban casadas- se veían obligadas a vivir solas”, afirma la autora.

Y éste es un dato que a mí, personalmente me ha llegado al alma porque creo que nos acompaña a todos los que somos nacidos antes de los ’70: la imagen de la “viuda de España”. “La viuda, por joven o por mayor que fuera, se vestía totalmente de negro. El luto era entonces muy riguroso. Cuando salía a la calle, se ponía un manto que iba prendido a un alfiler sobre la cabeza, caía sobre los hombros y llegaba hasta el borde del vestido. Si tenía que hacer algún trabajo que el manto dificultaba, era sustituido por un tupido pañuelo de seda negro que se anudaba por debajo de la barbilla”explica.

Pepita segura admirar “la entereza de aquellas mujeres y también su conformidad; silenciosas, rehuían el diálogo, siempre trabajando para la familia, que lo agradecía como podía, porque el dinero entonces no abundaba. Habían perdido al marido, al padre de sus hijos y, muchas de ellas, con él, todo lo que tenían. Pero -de manera casi milagrosa- sacaban adelante a sus hijos; el hogar no se deshacía, se mantenía”.

Por aquel entonces eran excepcionales las pensiones, y tan pequeñas que no permitían vivir de ellas. Los puestos de trabajo para las mujeres eran inexistentes. “Como único recurso, se dedicaban a remendar las redes de los pescadores, hacían redecillas de malla, hilo de esparto o “fillet”. El esfuerzo de las viudas del mar quedó grabado en la memoria de todos. Vestidas de negro, silenciosas. Vivieron y murieron con muy pocas compensaciones; sólo la de ver crecer a sus hijos y mantener la familia unida.”

¿Y qué pasaba con ellas?

Para la sociedad benidomense de la época, según Pepita Orts: “Las viudas del mar se consideraban unas mujeres que tenían que existir siempre, debido a los accidentes de esta forma de vida, y a la picaresca de muchos, que les hacían creer que habían desaparecido en un golpe de mar, cuando en realidad habían desembarcado en un puerto lejano y creado allí una nueva familia. Ellas nos enseñaron con su ejemplo a perseverar, a ser esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio y a aprovechar todos los recursos del mar y de la tierra”.

La autora del libro explica que “un golpe de mar era una ola gigante que lo barría todo. Algo inesperado, una fuerza de la naturaleza desatada siempre temida por los hombres del mar. Muchas veces se llevó por delante a marineros que trabajaban en la cubierta de los barcos. Si ocurría por la noche, con temporal y en medio del Atlántico, sus cuerpos se perdían en el oleaje y era imposible rescatarlos; en otras ocasiones, fallecían por alguna enfermedad mientras navegaban”.

La Picardía

Lo que más me ha llamado atención de este capítulo del libro titulado “Un golpe de mar” 2016, con el que he aprendido mucho también, perdóneme Doña Paquita que sé que sé que escribió este relato hace más de un siglo y las cosas antes no eran como son ahora, además, usted no es más que una cronista de las costumbres y tradiciones del Benidorm de la época, pero hoy, mañana y siempre me parecerá una “desvergonzada tremenda” -siempre con la perspectiva histórica por delante- lo llamado la picardía “que consistía en aquel marinero que había desaparecido debido a un golpe de mar. Aunque, en el pueblo, se rumoreaba que no era tal cosa, que simplemente había desembarcado en un país tropical y allí se olvidaba de la familia que tenía en Benidorm y creaba otra nueva. En la mayoría de ocasiones, ésta desaparición era para siempre”.

Resultado de imagen de fotos antiguas de benidorm

Y añade “como en aquella época no había divorcio, era una manera de separarse y empezar una nueva vida. A las mujeres de los desaparecidos se les planteaba el problema de no poder legalizar su situación hasta que pasara cinco años. Durante ese tiempo no eran viudas ni casadas. Eran las viudas de los desaparecidos en el mar, Su estado era incierto. No tenían derecho a ninguna ayuda, ni para ellos ni para sus hijos; pero la familia, la familia que habían formado, a base de gran esfuerzo y trabajo seguía unida”. El panorama que se les presentaba a las viudas de los desaparecidos por aquel entonces era tremendo…

El colmo de la picardía era cuando “en ocasiones singulares alguno de los “desaparecidos” volvía al cabo de muchos años, a veces de 20 años o más, y la familia, su mujer, lo aceptaba de nuevo, lo acogía. Estos marinos llegaban a Benidorm y llamaban a la puerta de la casa y el hijo le decía a su madre: -ha llegado un hombre que no sé quién es. La madre al verlo respondía: Este hombre es tu padre. Y dirigiéndose a él -pasa. Aquella situación era muy difícil para todos. Ella pensaba; “Si no lo recojo yo va a ir por el pueblo sin saber dónde quedarse, callejeando como un pordiosero y va ser un descrédito para la familia.

Y aquel marino volvía a ocupar su sitio en la mesa. Los hijos lo miraban con extrañeza durante mucho tiempo, sin capaz de reconocerlo como padre; pero ante la actitud firme de la madre, a regañadientes, terminaban por aceptarlo” relata Pepita Orts.

Que concluye: “Estos hechos de muestran una vez más la capacidad de abnegación de las mujeres de Benidorm, que ellas solas fueron capaces de cuidar de sus hijos y darles el mayor porvenir posible confiando únicamente en su capacidad de trabajo, abnegación y de entrega.

“Benidorm, en aquel tiempo, tuvo dos cementerios: uno, el camposanto sobre una colina soleada que se alzaba sobre la Playa de Poniente; el otro era el mar, oscuro y profundo. Los que fallecían navegando se perdían en el mar y los que fallecían en pueblo descansaban en la loma frente al mar, de modo que estaban cerca los unos de los otros. El mar brillante e inmenso, era su nexo de unión”.

En recuerdo a Josefina Orts i Bosch (Valencia 1922-Benidorm 2017), la mejor narradora de su tiempo en Benidorm.