José Antonio Pérez Tapias.- Ante lo que vemos y oímos surge la pregunta de si pueden alcanzar un pacto político líderes que sin recato alguno se lanzan improperios de grueso calibre. Se puede responder que sí, puesto que en política pasa de todo y no es extraño que quienes ayer se insultaban, mañana se abracen, aunque ello sea con tan descarado desparpajo que bien se puede pensar que no es más que un frívolo juego con las cartas más cínicas. En cualquier caso, no es muy alentadora esa partida entre partidos, pues resta la imprescindible seriedad a la política, lo cual nada tiene que ver con rostros adustos y cariacontecidos. Pero, en cualquier caso, un lenguaje rudo y agresivo, aun no llegando al insulto personal, siembra de obstáculos el camino de lo que se pretende que sea diálogo fructífero o, al menos, negociación política eficaz.

Pasa en los más diferentes terrenos de la vida, pero por motivos de especial peso hay que dar por cierto que en el ámbito político las palabras las carga el diablo y, como las armas que éste mismo puede nutrir con traicioneras balas, también las palabras pueden dispararse para acabar haciendo blanco donde menos se espera. Incluso pueden rebotar hasta explotar con toda su carga semántica en la cara de quien las profiere. De ahí la vieja máxima prudencial de cuidar lo que se dice, tan en boga bajo múltiples versiones y que encontró puerto seguro en el dicho de Gracián acerca de la esclavitud a la que queda sometido cada cual respecto a lo que públicamente dice.
Nuestra sociedad del espectáculo, con medios de comunicación muy potentes, estando ya además inmersa en la cultura digital, se presenta como un campo minado para que las palabras que se siembran en el espacio público estallen hasta impactar en la convivencia o poniendo muy difícil el logro de acuerdos políticos entre quienes están llamados, desde sus mismas bases sociales, a intentar lograrlos.
Así, por ejemplo, cuando amplios sectores sociales esperan que en España partidos políticos como Podemos y el PSOE sean capaces de aproximar posiciones en aras de un pacto de izquierda que permita presentar alternativa a la derecha, incluso con un pacto de gobierno, ¿cómo ayuda a eso que desde el primero se diga que el Partido Socialista está metido de lleno en un «búnker» junto con el PP y Ciudadanos? La mencionada palabra no es nada inocente y sabido es que con ella se ha aludido en la historia reciente a las posiciones de la derecha más inmovilista, no dejando de tener connotaciones que remiten a tiempos dictatoriales. Pero nada colabora al deseable entendimiento entre esas fuerzas políticas que desde el PSOE, su líder califique de «pataleta» la crítica hecha desde la dirección de Podemos al acuerdo firmado por los socialistas para la constitución de la Mesa del Congreso, añadido a la no admisión de la posibilidad de diferentes grupos parlamentarios en los que Podemos tenga presencia -cuestión, por lo demás, de complejidad que a nadie se le oculta-. El desacuerdo con la crítica reclama argumentos que la refuten, no descalificaciones que acusan a la otra parte de infantilismo político. Hay que tener cuidado porque las palabras van y vuelven, como hemos visto en tiempos cercanos que ha pasado con las acusaciones de «populismo» por un lado o de «casta» por otro.
Las personas que ejercen liderazgo político, o que aspiran a consolidarlo, han de tener presente, por lo demás, que si están en eso es porque hay otras muchas que les prestan su adhesión y que incluso, en términos políticos, se identifican con ellas. Los mensajes que emiten con sus declaraciones adquieren, por tanto, un eco que escapa al control de quienes los formulan. Si desde el campo socialista se habla de los militantes de otras fuerzas de izquierda tachándolos de «comunistas», con tono entre displicente y hostil como si estuviéramos en los años treinta del siglo pasado, se están reforzando tales prejuicios entre los propios seguidores que luego, al necesitar pactar con quienes se tildó de manera enojosa, habrá que vencer no sólo los obstáculos externos, sino las resistencias internas, las cuales no dejarán de presentarse ni en el caso de dirigentes dispuestos, por motivos espurios, a seguir abusando de etiquetas desafortunadas con las que señalar al otro. No hace falta decir que deslizar, desde la otra parte, continuas descalificaciones tan genéricas como sumarias de corruptos o vendidos tampoco ayuda precisamente a generar un clima propicio al debate político serio y a la búsqueda de los elementos programáticos en común que sean el núcleo del posible pacto político.
Los líderes políticos, dispuestos en democracia a ejercer el poder que la ciudadanía pone en sus manos, no deben descuidar el imprescindible cultivo de los factores que harán que se les reconozca con la imprescindible autoridad. Por ello, un líder democrático, además del poder que legalmente y con toda legitimidad tenga en sus manos, ha de velar por los factores que repercutan en la autoridad moral que ha de redundar en el desempeño de su cargo, fortaleciendo la legitimidad de origen del mismo. Sabido es que si no es así, automáticamente se empieza a funcionar en sentido inverso y, al final, en democracia se pierde el poder al que le falla el revestimiento simbólico de autoridad. La ciudadanía detecta y no perdona el desfase clamoroso entre poder y autoridad -y bien se ha comprobado en el caso de algunos que pierden elecciones, o votantes en cantidad clamorosa, porque su presencia en el poder muchos la vieron ilegítima.
El lenguaje, en una política vinculada a la palabra -y no hay verdadera política que no lo esté, es, por tanto, fundamental. Recordando un famoso título del filósofo John L. Austin, en el que advertía de cómo hacemos cosas con palabras, diríamos que en política hay que prever y ver bien qué nos decimos y qué nos oímos decir en el ágora. Aun hablando la misma lengua, el espacio político fácilmente puede reproducir el desentendimiento que el mito nos narra en el episodio de la torre de Babel. No estamos para obras megalómanas, pero en la izquierda nos urge imperiosamente llegar a acuerdos para hacer viables alternativas de reconstrucción social, de regeneración política y de reconfiguración del Estado. Para ello sería muy conveniente que los líderes políticos mantuvieran a raya al diablo de las palabras, el cual, a diferencia de aquel simpático «diablo de los números» de Hans Magnus Enzensberger, puede jugar pasadas tan malas como la de arruinar las posibilidades de alianzas, acuerdos o pactos que nos son de todo punto necesarios.