El naufragio del vapor transatlántico Príncipe de Asturias

El Príncipe de Asturias, botado en 1914 en los astilleros de Glasgow, estaba a la altura de los mejores trasatlánticos del mundo, en España solamente el Infanta Isabel de Borbón y el Reina Victoria Eugenia de la Cía. Trasatlántica estaban un escalón por encima. Los camarotes de lujo estaban equipados con luz eléctrica y ventiladores, las maderas de caoba y nogal adornaban las grandes salas tapizadas con alfombras persas, los amplios salones de baile estaban coronados por relucientes lámparas de araña, las escalinatas al más puro estilo Titánic hacían del buque el más lujoso de la Naviera Pinillos. Con 140 metros de eslora y 18 de manga desplazaba 17.000 toneladas, pudiendo acoger a bordo cerca de mil ochocientas personas.

Batiste Mas.- En 1916 cubría la ruta Barcelona-Buenos Aires, dedicado al transporte de emigrantes europeos a las Américas. El 17 de febrero zarpó de Barcelona bajo el mando del capitán José Lotina. Tras escalar en Valencia, Almería, Cádiz y Las Palmas, dio el salto al Atlántico con más de seiscientos pasajeros y tripulantes a bordo. Se sabe que además del pasaje, cargaba en sus bodegas 40.000 libras esterlinas en oro, más de tres mil sacas de correos, un automóvil Renault y un grupo escultórico de bronce encargado por la comunidad española establecida en Argentina, como regalo a la República Argentina por el centenario de su independencia.

Al anochecer del 4 de marzo, en las proximidades del puerto brasileño de Santos donde tenía previsto atracar, se vio sorprendido por un fuerte temporal con mar gruesa, viento, lluvia y niebla, que le impidió atisbar el Faro de Punta do Boi. A las 04:25 del día 5, perdida la referencia de la costa debido a la niebla y empujado por las fuentes corrientes, colisionó con los arrecifes de Punta de Pirabura abriéndose una gran brecha a la altura de la sala de máquinas, penetrando una gran cantidad de agua que al entrar en contacto con las calderas ardientes originó una gran deflagración que prácticamente partió el buque por la mitad. En poco más de cinco minutos el Príncipe de Asturias se hundió arrastrando en su remolino a gran cantidad de sus pasajeros y tripulantes, los supervivientes que no pudieron alcanzar el único bote arriado tras la colisión, se aferraron a cualquier cosa que flotara con la esperanza de salvar la vida, de ellos muchos se ahogaron engullidos por la bravía mar y otros murieron estrellados contra los arrecifes. La heroica labor del único bote salvavidas que se pudo arriar, gobernado por el médico Francisco Zapata y el tripulante Buenaventura Rosés y tras varios viajes desde la costa hasta el lugar del hundimiento, logró poner al resto de los náufragos a salvo. El vapor francés Vega* que transitaba por aquellas aguas, también contribuyó al salvamento de muchos supervivientes. Fue este vapor el que informó de la desgracia, ya que el Príncipe de Asturias, falto de electricidad a consecuencia del estallido de las calderas, no pudo enviar ningún SOS. El 8 de marzo se publicó la noticia en España, el P. de Asturias había naufragado y se contaban 452 desaparecidos.

De los más de seiscientos pasajeros y tripulantes que se estima llevaba el Príncipe de Asturias a bordo, solo 143 pudieron contarlo, aunque algunas informaciones más recientes, hablan de que el buque pudiese albergar en el momento de la catástrofe a más de cien pasajeros clandestinos, principalmente italianos y algunos españoles.

De ser cierto, la cifra de muertos estaría cercana a los seiscientos, convirtiendo al príncipe de Asturias en uno de los mayores camposantos navales de la historia.

Existen muchas dudas respecto al suceso, y otras tantas versiones conspiranoicas, como que si fue torpedeado por submarino alemán, que el capitán y sus oficiales habían estado de fiesta esa noche y no atendieron sus obligaciones, que sabotaje, que fue para encubrir el robo del oro que trasportaba y que nunca se recuperó, etc. Transcurridos 106 años poco ya se puede esclarecer.

Para más y mejor información es muy recomendable consultar la web Puente de Mando, donde hay un formidable artículo de Manuel Marrero Álvarez **, en el que llega a la conclusión de que “… fue un accidente extraño y da la impresión que evitable. Evidentemente, ningún capitán en su sano juicio, comete errores que ponga en peligro su barco y la de las personas que viajan a bordo, pero a la vista de las informaciones de los “investigadores”, cuesta entender que un trasatlántico de 16.500 toneladas navegue sin saber dónde está y a donde va. Y si lo sabe, peor lo pone, porque la navegación cerca de la costa y entre arrecifes no es aconsejable para ningún gran barco”.

* El destino quiso que un mes después, el vapor correo español Jaime II que navegaba en ruta de Palma a Marsella, recogiese a los 33 tripulantes del vapor francés torpedeado y hundido por un submarino alemán.

** Miembro de la Academia Canaria de Ciencias de la Navegación. Ex delegado de Compañía Trasatlántica Española en Canarias.