La Reliquia

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Fotografía de wikipedia

Belén Richarte.- Un episodio poco conocido del Santo Cáliz de Valencia es el de su salvamento durante la guerra de la Independencia (1808-1814). El temor a la ocupación napoleónica hizo que la catedral valenciana decidiera poner a salvo no sólo el Santo Cáliz, sino todo su tesoro en reliquias y demás piezas de valor. Se estima la pieza de más valor: la Reliquia fue custodiada en Benidorm durante trece días a donde llegó acompañada por tres barcos más la tripulación. El Santo Cáliz de Valencia es trascendente “pues, según la tradición, es el que se utilizó en la Santa Cena para instituir la Eucaristía.

Numerosos indicios apoyan esta tradición y de los estudios científicos se deduce que hoy es imposible probar que no fuera el auténtico, pues por su material, tipo de elaboración,…, se corresponde con el tiempo y espacio de Jesucristo. En esto se diferencia de la mayoría de los restantes cálices que se atribuyen ser la “autenticidad”, explica César Evangélio, el autor de Salvamentos del Santo Cáliz en la Guerra de la Independencia (Valencia-Alicante 1809-1810) , en un libro que no es una simple acotación y enumeración de fuentes sino en auténtico en tratado de la Historia de la Invasión Napoleónica en España y las huellas que dejó tras de sí en nuestro “pueblo querido”: en Benidorm.

¿Llegó a bajar a tierra o no? Si bajó, ¿dónde lo escondieron? ¿Se enteraron los benidormenses de tan insigne visita? Estas son las preguntas que se hace Evangelio en este apasionante libro, en el que hace, como no podía ser menos, un estudio detallado de la figura del Capitán de fragata, oriondo de Benidorm, Juan Francisco Pérez y su empeño, o su fe, en que la misión fuera todo un éxito ¡Cómo así lo fue!

El traslado del tesoro de la Catedral de Valencia, junto al Santo Cáliz a Alicante en marzo de 1809 fue una auténtica odisea. Regresó a Valencia a comienzos de 1810, tras una breve estancia en Benidorm.

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Fotografía de todocoleccion.net

De ello hay constancia por que “existe una crónica redactada por uno de los custodios, el presbítero de la catedral de Valencia, Pedro Vicente Calbo, quien dejó un material precioso para la posteridad”. Según el escritor, “Calbo fue protagonista, testigo y relator de una peripecia fascinante a la vez que dramática, transcurrida en 1809 y 1810 en el marco de una guerra y con tristes derivaciones en los años subsiguientes, cuando parte del tesoro terminó sucumbiendo ante la fragua de fundición”.

“El temor era real”, asegura, “las evacuaciones del tesoro eran costosas, peligrosas y complicadas; si se realizaron es porque se veía justificado” -y añade- “al comienzo de la guerra, el temor era hacia los franceses, y en sentido amplio, es decir que se temía que el tesoro fuera perjudicado de diversos modos posibles: profanado, destruido, saqueado, expoliado, fundido… Posteriormente, cuando el tesoro estuvo guardado en Alicante, se vio que las autoridades españolas también lo codiciaban, lo que originó su primera vuelta a Valencia”.

El sublevado gobernador militar de Valencia, Domingo Ariarte, eran una realidad en sí. “Éste se había insubordinado respecto a la autoridad de Valencia; era capaz de realizar su voluntad de una manera expeditiva incluso encarcelando a otras autoridades; su imperio era ejercido no sólo de manera sibilina sino también de la manera más poco discreta, evidenciando un dominio total y omnipotente sobre el ámbito de la plaza de Alicante, lo que le ahorraba tener el más mínimo miramiento con las formas”, expone Evangélio.

Vistos los antecedentes de Iriarte “de él podía esperarse cualquier cosa y ninguna buena. Por ello mismo, se sorprendió el religioso Calbo cuando el gobernador le permitió salir de Alicante con el tesoro, no sólo sin oponer resistencia alguna sino incluso aportando una escolta de gran valor, la del teniente de fragata D. Juan Bautista Pérez. Este último, titulado como alférez de fragata pero además experimentado corsario. Originario de Benidorm, conocía muy bien las costas alicantinas, por lo que constituía un apoyo digno de agradecer”.

Juan Bautista Pérez, oriundo de Benidorm

Para Evangelio, “Juan Bautista Pérez es uno de los protagonistas de esta historia, de hecho le dedico un capítulo entero en el libro a él, pues es quien custodió el viaje de regreso de todo el tesoro catedralicio (no sólo el Santo Cáliz) desde Alicante a Valencia. Según la crónica, se le eligió porque era el mejor posible y disponible, y yo estoy de acuerdo en eso. El viaje duró diecinueve días, de los que trece transcurrieron en Benidorm, lo que significa que hubo que resolver numerosas incidencias. La crónica recuerda también que la época del año era la menos indicada y que el mar estaba surcado por corsarios enemigos al acecho del tesoro, por lo cual hay que ¡reivindicar la importancia de la misión del marino benidormense, y su éxito!

Pérez pertenecía a esa clase de marinos muy firmes en sus creencias religiosas y muy protectores de la religión en todos sus aspectos, como lo prueba el que en 1817 regalara a la iglesia de Sant Jaume de su pueblo –Benidorm-, unas campanas fundidas con el bronce de los cañones de un buque capturado por él”.

De Alicante a Benidorm

El traslado desde Alicante a Valencia de las reliquias y alhajas fue encomendado al comerciante Pascual Vasallo, quien probablemente ni embarcara, como transportista, y al marino Juan Bautista Pérez como escolta. Ya es cuanto menos ¡sorprendente!

Tres a naves de escolta y los 61 cajones del tesoro valenciano se embarcaron a bordo de una nave pequeña que sólo tenía una vela y que necesitaba el complemento de remos, sin refuerzos de proa ni popa y más destinada a pescar que a viajar. Para Evangelio “cuesta imaginar que todo el cargamento de la catedral cupiera efectivamente en una exigua tartana” -y apunta- “cierto es que, conociendo la personalidad de Juan Bautista Pérez opinamos fundamentadamente que éste se ocuparía de asegurar que el tesoro viajara con la mayor seguridad posible, y que ello debió suponer el que, según sospechamos, el cargamento no viajara únicamente en la “tartana” sino que debió repartirse entre los tres buques para mayor seguridad. Por ello suponemos que haría todo lo posible por asegurar el buen fin de su cargamento, lo que muy probablemente implicara distribuir los cajones entre los tres buques”.

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La mala mar y tiempo del momento hicieron que la flotilla se tuviera que resguardar y el lugar donde se resguardaron fue Benidorm. Según Evangelio hay motivos para pensar tanto que bajó a tierra como que permaneció en la naves: sí estuvo en tierra, pues me parece muy improbable que el sacerdote que lo custodiaba (el padre Pedro Vicente Calbo) no bajara a tierra en esos trece días y que no llevara consigo el Santo Cáliz. En otros momentos dio muestras de su celo en no separarse físicamente de la reliquia. Cosa diferente es lo que ocurriera con la parte gruesa del cargamento. En cualquier caso, Benidorm es una fusión de tierra y mar. El que el Santo Cáliz hubiera estado sólo en nuestra bahía me parece igual de hermoso, como lo es el que la Virgen del Sufragio nos llegara también por mar”

Si bajaron en Santo Cáliz a tierra: ¿dónde y quién o quiénes lo custodiaron?

“Creo -sin apoyo en la crónica- que el padre Calbo debió conservarlo siempre consigo, sin separarse de él ni un momento. La siguiente pregunta sería: ¿Y dónde se instaló Calbo, suponiendo que estuviera en tierra? Lo más lógico es que se alojara en la parte segura del pueblo, es decir en el castillo, en la iglesia o en la casa de la Señora. También es posible que fuera acogido en la casa del párroco Don Josef Vaquer, si es que éste tenía una residencia diferente de la iglesia, o que se le buscase otro alojamiento”, afirma el escritor.

Por lo que respecta a la ubicación de las naves, Evangelio afirma que, “la crónica de Calbo habla de que estuvieron “al abrigo de aquellos montes que prestan algún resguardo”, por lo que veo más probable que atracaran en la misma falda del Canfali, -actual puerto-, o quizá detrás del Tossal de La Cala. El detenerse en Benidorm se debió precisamente al querer resguardarse del mal tiempo y, por ello, entiendo que las naves debieron estar muy cerca de tierra, junto a alguno de nuestros promontorios, y que allí permanecieron hasta que el tiempo les permitiera continuar”.

En aquel entones, 1808, la población de Benidorm sumaba poco más de 2.000 habitantes. ¡Y lo que tiene vivir frente al mar es que lo ves en toda su inmensidad! !Por lo que la visita de aquella flotilla y sus ocupantes no les podía pasar desapercibidos!. Nuevamente, Evangelio afirma que se aprecian elementos igual de contradictorios tanto para pensar que sí, como que no.

“Era imposible desconocer la llegada de tres barcos con un cargamento tan voluminoso y preciado, aunque ello no implica que todos supieran qué había dentro de los cajones. En la estancia previa en Alicante, el pueblo había conocido la estancia del tesoro e incluso se había organizado una jornada para exhibir las reliquias a la población, por lo que no estamos hablando de un secreto sellado”, y explica, “creo que se debió intentar ser discreto en lo posible, pero probablemente no se consiguiera. En todo caso, me parece impensable que se ocultara la relevancia del cargamento a personajes esenciales en la gobernanza del Benidorm del momento, como serían el alcalde, la Señora (condesa de Montealegre, que a mi juicio residía entonces en Benidorm), el alcaide del castillo, el rector… Pensemos que los franceses y sus corsarios estaban al acecho de aquel tesoro, por lo que al menos las autoridades militares debieron estar muy prevenidas.

¿Y si lo hubieran sabido, que habrían hecho?

“Si yo hubiera estado en el lugar de los responsables del tesoro, hubiera adoptado diversas medidas: reforzar la información y vigilancia costera para prevenir un asalto por mar; preparar (si no lo estaba ya) un grupo civil de confianza que reforzara a la guarnición militar; controlar los correos de salida imponiendo silencio; tener muy a punto la artillería del castillo y defensas para contrarrestar un ataque enemigo y, llegado el caso, hundir los propios barcos antes de que cayeran en poder francés… También habría dispuesto algún escondite subterráneo o algún plan de evacuación de emergencia para las principales reliquias, por si fallaban las demás prevenciones. Pero no podemos saber qué se hizo en realidad”.

Lo que sabemos seguro, tras la lectura de este libro tan especial y minuciosamente documentado es que el Santo Cáliz de Valencia, el verdadero, una de las reliquias más veneradas por los valencianos estuvo en Benidorm trece días, a cobijo del mal tiempo, mientras los franceses invadían toda España. Y la Reliquia si se salvó de cualquier de cualquier tipo de incidente gracias al alférez de fragata Francisco Pérez, al presbitero de Catedral de Valencia y a César Evangelio, que sigue tras los pasos más desconocidos de la Invasión Napoleónica en España y su conexión con Benidorm.

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Y es que César Evangelio reivindica que como “benidormense, me interesa todo lo ocurrido en nuestra Historia, en cualquiera de sus épocas. En el caso del período napoleónico, se da la circunstancia añadida de que ocurren cosas muy interesantes en el Benidorm de entonces y que en mi opinión merecen ser más divulgadas y disfrutadas por todos”.

“Siendo además Benidorm un centro turístico, vale la pena reivindicar nuestra Historia pues ésta es fácilmente convertible en patrimonio cultural, y éste a su vez en capital turístico, lo que en definitiva significa riqueza. Historia, Medio Ambiente y Cultura son, en mi humildeopinión, las tres grandes minas donde Benidorm puede basar su continuidad a medio plazo”.